Entre las cosas más bonitas que ver en el centro histórico de Roma, seguro que te has fijado en que hay muchísimas obras de Bernini y Borromini, dos grandes genios del barroco.
Algunos ejemplos de sus obras maestras los habrás encontrado sin duda en Piazza Navona y en el Quirinal, pero las obras más bellas de Bernini y Borromini están repartidas un poco por todas partes en Roma. La Galería Borghese, Piazza Barberini, Palazzo Barberini, Sant’Ivo alla Sapienza e incluso San Pedro son solo algunos de los lugares más famosos donde vas a encontrar el fruto de su trabajo.
Estas dos grandes personalidades del siglo XVII dejaron una huella imborrable en la Ciudad Eterna, pero ¿qué se esconde detrás de sus obras?
Bernini y Borromini no fueron solo dos arquitectos y escultores extraordinarios, sino auténticos genios de su época.
Trabajaron juntos en San Pedro y a menudo acabaron terminando las obras el uno del otro, como en el caso de Palazzo Barberini. Lo que casi nunca se cuenta es que tenían maneras distintas de concebir el arte, caracteres en las antípodas y una rivalidad fortísima entre ellos.
Los grandes artistas, ya se sabe, suelen ser exaltados e idealizados. Sin embargo, una de las cosas más divertidas es descubrir a los hombres que se esconden detrás del genio y entender que los artistas eran seres humanos igual que nosotros. Y que, a veces, la liaban de verdad.
Ya te he hablado de las provocaciones de Rafael contra Miguel Ángel, o de las anécdotas sobre la Capilla Sixtina. Pues bien, si esas historias te han despertado la curiosidad y te han hecho sonreír, prepárate para descubrir uno de los momentos de máxima tensión del arte romano del siglo XVII.
¿Te apetece saber más?
¡Empezamos!
1 – Las personalidades de Bernini y de Borromini
Bernini y Borromini fueron dos maestros absolutos del siglo XVII, pero tenían personalidades y estilos completamente distintos.
Bernini, nacido en Nápoles en 1598, vivió desde muy pequeño en un ambiente privilegiado. Su padre Pietro era, de hecho, un escultor importante, con mucha influencia y muchos contactos en la ciudad de Roma. ¡Y no solo eso! Al intuir el talento de su hijo, hizo todo lo posible por darlo a conocer como un genio ya desde niño.
El hecho de ser hijo de artista, unido a un talento indiscutible y a un carácter especialmente carismático y mundano, ayudaron a Bernini a conseguir los encargos más importantes de las obras romanas, sobre todo bajo el papa Urbano VIII.
Para hacerte una idea de su influencia en la corte papal, basta con pensar que fue él quien se ocupó de la monumental construcción de la columnata de San Pedro y de muchísimas obras y fuentes por toda Roma.
¿Y Borromini?
Bueno, si Bernini era carismático, Borromini tenía en cambio un carácter esquivo, sombrío y poco dado a la vida social. Nacido en Bissone, a orillas del lago de Lugano, en 1599, se formó en Milán como cantero y llegó a Roma solo a los 20 años.
Trabajó desde el primer momento en la gran obra de San Pedro, gracias a un lazo de parentesco con Carlo Maderno, para continuar después precisamente bajo la dirección de Bernini.
La relación entre los dos, sin embargo, no estaba destinada a seguir en armonía.
En 1634 los dos arquitectos se separaron definitivamente, tanto por los crecientes desencuentros como porque a Borromini se le presentó la ocasión de proyectar la iglesia de San Carlo alle Quattro Fontane, de la que te hablaré dentro de poco.
Pero no acaba aquí.

2 – El estilo
También desde el punto de vista artístico Bernini y Borromini eran completamente distintos.
Borromini fue sobre todo arquitecto y ha pasado a la historia por sus originales soluciones espaciales. Si alguna vez has observado alguna de sus iglesias, te habrás dado cuenta de que las fachadas están construidas con geometrías muy precisas y repetidas de manera alterna. Gracias a estos recursos, Borromini experimentó muchas veces con soluciones especialmente innovadoras para su época, en claro contraste con el arte de Bernini.
Él, en cambio, adoptaba un enfoque mucho más solemne y «religioso», con proporciones bien definidas y más clásicas.
Por eso, y por su estrecha relación con el papa, la carrera de Bernini fue fulminante ya desde muy joven, cuando realizó las esculturas para el cardenal Scipione Borghese, todavía hoy en la Galería Borghese. Pero casi todos los papas que se sucedieron durante su carrera lo favorecieron: en particular, Urbano VIII hizo por él exactamente lo que Julio II había hecho con Miguel Ángel, premiándolo en casi todos los concursos de la capital.
No es extraño, por tanto, que Borromini guardara un profundo rencor hacia su rival, al recibir solo encargos de valor «secundario». Al menos hasta la muerte de Urbano VIII.
¡Esto es lo que pasó después!

3 – La leyenda de Piazza Navona
En 1644 pareció que por fin la suerte se giraba en dirección a Borromini. Con la muerte del papa y la elección de Inocencio X, Bernini fue apartado de la corte papal y sustituido por Borromini. Había fracasado en la construcción de los dos campanarios previstos para San Pedro (el campanario sur, agrietado, fue demolido en 1646), uno de los proyectos más ambiciosos de su carrera, y muchos habían hecho circular rumores maliciosos sobre él, calumniándolo.
Bernini, desde luego, no se dio por vencido ni se hizo a un lado.
Gracias a su carisma consiguió ganarse el favor de la cuñada del papa, Donna Olimpia, que lo ayudó a obtener un trabajo muy prestigioso. Seguro que tú también conoces esta obra, porque se trata de la maravillosa Fuente de los Cuatro Ríos de Piazza Navona (1648-1651), tan prestigiosa que consiguió relanzar su carrera.
Todavía hicieron falta algunos años para que Borromini pudiera tomarse una pequeña revancha.
En 1652 arrancó la obra de la iglesia de Sant’Agnese in Agone, justo enfrente de la monumental Fuente de los Cuatro Ríos, con proyecto de Girolamo y Carlo Rainaldi; al año siguiente Inocencio X les retiró el encargo y se lo confió a Borromini, que rediseñó su fachada cóncava. Él hizo todo lo posible y puso todo su talento en el intento de dejar en mal lugar a su colega, y es justo aquí donde empieza la leyenda.
Una de las historias más famosas sobre Piazza Navona cuenta que Bernini habría esculpido la Fuente de los Cuatro Ríos de manera que la estatua que representa al Río de la Plata pareciera asustada por la iglesia de Sant’Agnese in Agone, obra de Borromini.
¿En qué sentido?
Si alguna vez has observado con atención esta obra maestra, te habrás dado cuenta de que la estatua realizada por Bernini extiende las manos hacia delante como si tuviera miedo de que la iglesia se derrumbara de un momento a otro. Por el mismo motivo, la estatua del Nilo tendría la cabeza velada, precisamente para no ver el horror de la fachada.
Pero ¿de verdad es así?
En realidad, esta historia transmitida en Roma y en las guías turísticas es solo una leyenda: la obra de la iglesia empezó en 1652 (y Borromini entró en ella solo en 1653, para abandonarla después en 1657), mientras que la fuente había sido encargada en 1648 e inaugurada en 1651.
Bernini no podía saber, por tanto, que su colega y rival se ocuparía de la iglesia, y es imposible que las estatuas de la Fuente de los Cuatro Ríos fueran una provocación contra Borromini.
¿Y entonces por qué la estatua del Nilo tiene el rostro cubierto?
La respuesta es mucho más sencilla, porque era una manera de representar el hecho de que, en aquella época, todavía no se conocían sus fuentes.
Pero si esta es solo una leyenda romana, aquí van algunas historias verdaderas que te van a aclarar mejor la relación entre los dos en la Roma de su tiempo.

4 – El San Carlino de Borromini
En el Quirinal, en Roma, se encuentran dos ejemplos muy evidentes de las diferencias de estilo que había entre Bernini y Borromini.
Estamos en 1634 cuando Borromini recibe su primer gran encargo en solitario: San Carlino que, nacida como San Carlo, tomó el diminutivo precisamente por sus dimensiones reducidas. Piensa que toda la iglesia es tan grande como uno de los pilares que sostienen la cúpula de San Pedro en el Vaticano.
Sorprendente, ¿verdad?
Los comitentes de la obra eran los trinitarios descalzos españoles, una orden pobre, y Borromini aceptó el trabajo no tanto por el salario como por su profunda fe religiosa.
¡Pero no acaba aquí!
Precisamente para ahorrar en la ejecución, tampoco los materiales utilizados están entre los más preciosos, y Borromini se las apañó con travertino, ladrillo y estuco.
¿El resultado?
¡Bueno, el genio del artista consiguió hacer un milagro!
A pesar de las dimensiones reducidas y de los materiales poco valiosos, Borromini logró dar a la fachada una forma ondulada que, gracias a un juego de luces y sombras, la hace parecer mucho más grande de lo que es en realidad.
También el interior es maravilloso.
La elección del blanco ensancha el espacio y aumenta la luminosidad de la iglesia, además de representar la pureza y la sencillez del lugar sagrado. Nada más adecuado para una orden mendicante que predicaba la pobreza. Las sencillas decoraciones de estuco, sin embargo, como las cruces que hay en la cúpula ovalada, están estudiadas para tener un tamaño decreciente, precisamente para hacerla parecer más grande y más alta.
Borromini consiguió aprovechar a la perfección la situación «desfavorable» de esta pequeña iglesia, moldeando los espacios con los materiales que tenía a su disposición.
¿Y Sant’Andrea?
¡Ahora te hablo de ella!

5 – Sant’Andrea al Quirinale de Bernini
A solo 100 metros de distancia, en dirección al palacio del Quirinal, se encuentra en cambio la iglesia de Bernini, realizada de una manera completamente distinta. El artista disponía de mucho más espacio y las diferencias son evidentes ya desde la entrada.
Delante hay un pequeño espacio abierto, y la forma redondeada está caracterizada de todos modos por un estilo clásico y solemne ya desde el exterior.
Cuando entres verás un ambiente muy distinto del de San Carlino. Aquí hay muchísimos materiales valiosos, entre ellos preciosos mármoles, oro y bronce. El espacio es sin duda mucho más amplio, pero la genialidad de Bernini se nota sobre todo en algunos detalles.
El primero tiene que ver con la estatua de San Andrés que, a pesar de sus dimensiones, parece volar hacia el centro de la cúpula con una ligereza absoluta.
El segundo, en cambio, es imposible de notar si no es a través de sus efectos. Bernini consiguió realizar una ventana escondida por la que entra una luz que parece llegar directamente del cielo. Los rayos de bronce dorado crean un escenográfico juego de luces que hace parecer que el santo se está dirigiendo precisamente hacia el cielo.
Pero ¿por qué tanta diferencia entre las dos iglesias?
Al margen del indiscutible talento de ambos, mientras Borromini tenía que hacer frente a las estrecheces económicas de los frailes, Sant’Andrea al Quirinale (1658-1670) había sido impulsada y financiada por el cardenal Camillo Pamphilj con la aprobación del papa Alejandro VII. Y piensa que Bernini, ya anciano, la consideraba su obra más lograda y volvía aquí a rezar.
No es difícil imaginar que los presupuestos disponibles fueran completamente distintos.

6 – Esculturas obscenas en Roma
Otra historia muy «divertida», transmitida por la tradición romana, tiene que ver en cambio con el Palazzo di Propaganda Fide.
Borromini consiguió «robarle» el encargo del palacio a su rival, que vivía justo enfrente de la obra. Para burlarse de él en su derrota, esculpió dos grandes orejas de burro en la fachada todavía incompleta.
Bernini, desde luego, no se quedó mirando. Como respuesta inmediata realizó sobre su cornisa un gigantesco… ¡falo!
Estas dos esculturas fueron retiradas después por motivos de decencia, pero la rivalidad legendaria de estos dos genios todavía resuena por las calles de Roma.

7 – El trágico epílogo de la rivalidad
Las dos vidas, tan distintas, tuvieron también dos finales opuestos.
Borromini, cada vez más aislado y atormentado, cayó en una profunda depresión. En el verano de 1667, después de quemar muchos de sus dibujos, se quitó la vida arrojándose sobre su propia espada. No murió enseguida: sobrevivió un día entero, lúcido, hasta el punto de dictar testamento y contar con precisión su propio gesto.
Por voluntad propia fue enterrado sin nombre, en la tumba de su maestro Carlo Maderno, en San Giovanni dei Fiorentini: su nombre apareció junto al de su pariente solo en 1955, con una lápida impulsada por Suiza, su tierra de origen.
Bernini, en cambio, le sobrevivió trece años, cubierto de gloria y de encargos hasta el final, y murió en 1680 como el artista más célebre de Europa. La historia, sin embargo, ha hecho justicia a los dos: hoy Borromini está considerado uno de los arquitectos más geniales de todos los tiempos.
Dónde ver las obras de Bernini y Borromini en Roma
Lo maravilloso de esta rivalidad es que se puede recorrer a pie y casi entera gratis: la Fuente de los Cuatro Ríos y Sant’Agnese en Piazza Navona, San Carlino y Sant’Andrea al Quirinale a pocos metros la una de la otra, la columnata de San Pedro, la Fuente del Tritón en Piazza Barberini. Solo para las esculturas juveniles de Bernini hace falta la entrada de la Galería Borghese.
Y si quieres ir más allá de la superficie, bajo Piazza Navona se esconde el Estadio de Domiciano, que explica su forma alargada: puedes visitarlo con un tour guiado por los subterráneos de Piazza Navona y de la Fontana di Trevi, una visita en la que el guía suele contar también las anécdotas sobre la rivalidad que te acabo de desvelar.
Y tú, ¿de qué lado estás: Bernini o Borromini?