El British Museum de Londres es uno de los museos más grandes del mundo, con una colección de unos ocho millones de piezas entre restos arqueológicos, obras de arte y libros. Su historia es muy antigua: lo fundó el médico y coleccionista Sir Hans Sloane en 1753 y su colección, a su muerte, pasó al Estado británico. La colección del British Museum fue creciendo después con el tiempo, sobre todo gracias a las excavaciones del siglo XIX en los países colonizados por el Reino Unido.
Hoy el British Museum alberga colecciones procedentes de todos los continentes, desde las galerías con obras de América hasta los restos de Australia, pasando por supuesto por Europa y Asia. El museo tiene, de hecho, un objetivo muy ambicioso: reunir bajo un mismo techo el testimonio de todas las civilizaciones del mundo.
¿Quieres saber más?
Descubre las trece obras del British Museum que no te puedes perder de ninguna manera.
¡Empezamos!
1 – La Piedra de Rosetta
La Piedra de Rosetta ha sido uno de los hallazgos más importantes de la historia y se encuentra precisamente aquí, dentro del British Museum. No es especialmente bonita de ver y, sin embargo, históricamente fue de una importancia crucial, al menos para los egiptólogos.
Se descubrió en 1799 y, hasta entonces, los jeroglíficos eran solo símbolos misteriosos puestos uno junto a otro. Gracias a esta piedra se consiguió por fin descifrar aquel hermético lenguaje del antiguo Egipto.
¿Cómo fue posible?
Muy sencillo: la Piedra de Rosetta no es más que una losa de piedra en la que está grabado un mismo texto en tres escrituras distintas, el griego antiguo, el demótico y los jeroglíficos. Se trata de un decreto promulgado en Menfis en el 196 a. C. en honor del faraón Ptolomeo V. Como los estudiosos sabían leer el griego, pudieron por fin llegar al significado de los jeroglíficos comparando las tres versiones.
Pero ¿quién lo consiguió de verdad?
Después de los primeros pasos del inglés Thomas Young, fue el francés Jean-François Champollion quien descifró primero el sistema jeroglífico, en 1822. Desde ese momento el antiguo Egipto pudo por fin volver a «hablar».
¡Gracias, Piedra de Rosetta!
¡Una curiosidad!
Aunque fueron los franceses quienes encontraron la piedra durante la campaña de Egipto de Napoleón, fueron los ingleses quienes se apoderaron de ella tras derrotar a Francia en Egipto. Por eso hoy se encuentra en el British Museum y no en el Louvre de París.

2 – La Tablilla del Diluvio y la Epopeya de Gilgamesh
Si la Piedra de Rosetta nos ha devuelto la voz del antiguo Egipto, esta pequeña tablilla de arcilla nos ha devuelto una de las historias más antiguas del mundo.
La Tablilla del Diluvio es un fragmento grabado en caracteres cuneiformes, procedente de la gran biblioteca del rey Asurbanipal en Nínive (siglo VII a. C.). Forma parte de la Epopeya de Gilgamesh, uno de los textos literarios más antiguos que han llegado hasta nosotros.
¿Qué cuenta?
En esta tablilla se narra la historia de un hombre al que los dioses avisan de la llegada de un diluvio universal: construye una gran embarcación y salva en ella a su familia y a los animales. ¿Te suena de algo? Exacto: es un relato sorprendentemente parecido al bíblico de Noé, pero lo precede en siglos.
¡Aquí viene lo más bonito!
En 1872 el estudioso George Smith, un apasionado autodidacta del British Museum, logró descifrar este pasaje. Se cuenta que, al leer por primera vez el relato del diluvio, la emoción lo desbordó tanto que se puso a correr por la sala. Su descubrimiento causó sensación en toda Europa, porque mostraba lo profundas que eran las raíces de historias que creíamos únicas.
3 – Los frisos del Partenón en el British Museum
Monumentales y bellísimos, son los grupos escultóricos que en su día decoraban el Partenón de la acrópolis de Atenas. Fueron llevados a Inglaterra a principios del siglo XIX y todavía hoy Grecia reclama su devolución.
¿Cómo llegaron hasta aquí?
Fue lord Elgin, embajador británico ante el Imperio otomano (que entonces gobernaba Grecia), quien hizo que los arrancaran del Partenón y los trasladaran a Londres entre 1801 y 1805. El British Museum los compró en 1816 y por eso se conocen también como «mármoles de Elgin».
Estas esculturas se realizaron hacia el 440 a. C. bajo la dirección de Fidias, uno de los mayores artistas de la Antigüedad. Hoy son todas blancas, pero debes saber que en su momento estaban completamente pintadas y debían de parecer realmente vivas, igual que las estatuas que decoraban las ciudades romanas.
¿Qué representan?
El largo friso representa la procesión de las Panateneas, la gran fiesta en honor de la diosa Atenea, con jinetes, animales para el sacrificio y ofrendas. Los frisos del Partenón del British Museum son especialmente importantes porque marcan la cima del arte clásico y la altísima habilidad alcanzada por los escultores griegos.
A mí se me quedaron grabados de verdad, ¿tú qué opinas?
Te aviso de que en la misma sala están también las metopas del Partenón, espléndidas ellas también.


4 – La sección del antiguo Egipto
La colección de piezas egipcias del British Museum es la tercera más grande del mundo. La primera es, obviamente, la de El Cairo, seguida del precioso museo egipcio de Turín.
Hay muchísimas momias, estatuas colosales y objetos diminutos de la vida cotidiana, grandes frescos y paredes enteras de jeroglíficos, además de los valiosos papiros del Libro de los Muertos, la guía ilustrada que acompañaba al difunto al más allá.
¡Una obra que no puedes perderte!
Entre todas, busca el colosal busto de Ramsés II, conocido como «Younger Memnon», llevado a Londres desde el templo funerario del faraón en Tebas. Se dice que fue precisamente esta escultura la que inspiró al poeta inglés Percy Bysshe Shelley el célebre poema Ozymandias (1818), una reflexión sobre la vanidad del poder: de los grandes imperios, al final, no queda más que alguna ruina en el desierto.
En resumen, una sección en la que merece la pena perderse durante horas y horas.

5 – Las salas asirias: la caza del león y los lamassu
Para mí están entre las salas más impresionantes de todo el museo y, sin embargo, a menudo se pasan por alto. Aquí se conservan los relieves procedentes de los palacios de los antiguos reyes asirios, en Nimrud y Nínive (en el actual norte de Irak), de un periodo que va del siglo IX al VII a. C.
¿Qué vas a ver?
Te reciben los lamassu, colosales toros (y leones) alados con cabeza humana y larga barba rizada. Eran divinidades protectoras, colocadas para guardar las puertas de los palacios y alejar el mal. Míralos de lado y luego de frente: tienen cinco patas, de modo que parecen inmóviles vistos frontalmente y en marcha vistos de perfil.
Pero la verdadera obra maestra es otra.
En la sala de la caza del león de Asurbanipal encontrarás una larga secuencia de relieves en alabastro (hacia el 645 a. C.) que muchos consideran la cima absoluta del arte asirio. En ellos se representa al rey cazando leones durante una ceremonia. Lo que más impresiona, sin embargo, no es el poder del soberano, sino la desgarradora piedad con la que están esculpidos los leones heridos y moribundos: animales tratados con un realismo y una emoción que, todavía hoy, dejan sin palabras.
6 – Las piezas de ajedrez de la isla de Lewis, ¿un misterio vikingo?
Se trata de numerosas piezas de ajedrez en marfil de morsa y hueso de ballena, halladas en la isla de Lewis, en las Hébridas escocesas, en 1831. Datan del siglo XII y probablemente se fabricaron en Noruega, se cree que en Trondheim. Se conservan 93 piezas.
La factura es realmente increíble: cada pieza tiene una expresión distinta y algunas torres representan guerreros berserker que, arrastrados por la furia de la batalla, muerden su propio escudo.
¡Una curiosidad que te hará sonreír!
Si te resultan familiares, es porque estas piezas inspiraron la célebre partida de ajedrez mágico de la primera película de Harry Potter.
Lo que todavía no se ha conseguido explicar, en cambio, es cómo y por qué llegaron a las costas de Escocia. Un auténtico misterio.

7 – El tesoro de Sutton Hoo
Este tesoro se descubrió en 1939 en Suffolk, en Inglaterra, y constituye uno de los testimonios más importantes del arte de los siglos VI y VII en esta zona.
Los arqueólogos sacaron a la luz un enterramiento excepcional: un barco entero de madera de roble, de casi 27 metros de largo, que custodiaba el cuerpo de un poderoso soberano anglosajón, probablemente Rædwald, rey de Anglia Oriental.
¿Quieres saber cuál es la pieza más célebre?
Sin duda el casco de Sutton Hoo, con su inconfundible máscara facial: se ha convertido en todo un icono de la Inglaterra anglosajona. Pero en la tumba había también hebillas y broches de oro, empuñaduras de espada, cuernos para beber y muchos otros objetos espléndidos que merece la pena admirar.
Un detalle que quizá no sabes: la historia de este hallazgo se cuenta en la película La excavación (2021).


8 – El plato de Mildenhall
Este plato es uno de los ejemplos más bellos del arte de la Antigüedad tardía romana. Se trata de una auténtica obra maestra de la orfebrería: pesa más de 8 kg, es de plata repujada y representa escenas báquicas alrededor del rostro barbudo de Océano, la divinidad del mar, situado en el centro.
El plato de Mildenhall del British Museum es sencillamente magnífico.
También el resto de la platería merece que lo admires: es lo que queda de los tesoros que se escondieron en la época de las invasiones bárbaras y que se recuperaron siglos después, en las situaciones más inverosímiles.

9 – El Vaso Portland
Si te gusta el vidrio, esta es la pieza que te va a dejar boquiabierto. El Vaso Portland es el vidrio camafeo de época romana más célebre que ha llegado hasta nosotros (siglo I d. C.): un vaso de vidrio azul oscuro sobre el que unas figuras blancas, delicadísimas, cuentan una escena mitológica que los estudiosos todavía hoy discuten.
Pero su historia es tan aventurera como su belleza.
En 1845 un visitante, al parecer borracho, lanzó un objeto contra la vitrina y rompió el vaso en añicos. Después se recompuso pacientemente pieza a pieza y, si hoy lo observas, casi no te das cuenta de lo que ha pasado.
Un detalle que quizá no sabes: su elegancia fascinó hasta tal punto a Josiah Wedgwood que el célebre ceramista lo reprodujo en sus famosas porcelanas, convirtiéndolo en un icono del gusto neoclásico.
10 – El cristal de Lotario
Se trata de una joya que probablemente se realizó para el rey carolingio Lotario II (hacia el 860 d. C.). El cristal de Lotario, un disco de puro cristal de roca, fue grabado minuciosamente con las escenas bíblicas de Susana y los viejos: la historia de una mujer acusada injustamente y luego absuelta, todo un elogio de la justicia. No es casualidad que se piense que el objeto pudiera tener un uso ligado a la administración de justicia.
Lo puedes encontrar en la sección medieval del British Museum.

11 – El moái del British Museum
¿Te acuerdas de esas antiguas esculturas monolíticas de piedra oscura, con el rostro grande y la nariz pronunciada, que se encuentran en la isla de Pascua? Pues bien, hay una también en el British Museum, en la sección «Living and Dying», y se llama Hoa Hakananai’a. Mide casi 3 metros y está datada más o menos en el 1200.
Su nombre significa más o menos «amigo perdido» (o «robado»), y no es casualidad: se lo llevaron de Rapa Nui en 1868 los tripulantes del barco británico HMS Topaze y se lo regalaron a la reina Victoria, que a su vez lo cedió al museo. Hoy la comunidad de Rapa Nui reclama su vuelta a casa.
Un detalle que quizá no sabes: en la parte trasera de la estatua hay grabadas representaciones ligadas al culto del hombre-pájaro (tangata manu), la religión que se difundió en la isla después de la época de los grandes moáis.
No conozco a fondo el arte de esta parte del mundo, pero te aseguro que esta escultura tiene una potencia expresiva notable y resulta realmente impresionante. Una sola palabra para describirla: majestuosa.
Te cuento también una curiosidad muy italiana: hay un segundo moái en el pueblo de Vitorchiano, en la provincia de Viterbo, regalo de los habitantes de Rapa Nui. Lo puedes ver gratis, porque está expuesto en el mirador exterior del pueblo.

12 – Cerámica griega y etrusca
Encontrarse delante de ciertas obras maestras emociona muchísimo, sin duda, pero lo que más me gusta de los museos es cuando me cuentan cómo era la vida cotidiana de la gente del pasado. Qué hacían, qué comían, cómo se maquillaban las mujeres, con qué jugaban los niños, cómo era su ropa.
Esto es lo que me gusta saber.
Los «tiestos» de vasos, odres y ampollas grecorromanos están repartidos por todos los museos de Europa y siempre parecen iguales, y en cambio son cada vez un descubrimiento. El más bonito del British Museum, en mi opinión, es el ánfora que representa a Aquiles y Pentesilea, mi heroína. Es una obra maestra atribuida al ceramista Exequias: en ella se retrata el momento exacto en el que Aquiles hiere de muerte a la reina de las Amazonas y, según se cuenta, sus miradas se cruzan justo mientras él se enamora perdidamente de ella. Lástima que no haya manera de fotografiarla decentemente desde ningún ángulo.

13 – La Great Court del British Museum
No te olvides de admirar la arquitectura de la Great Court del British Museum. Está dedicada a la reina Isabel II y es la plaza cubierta más grande de Europa: llena de luz, realmente magnífica. Se inauguró en el año 2000 con proyecto de Norman Foster, y su espectacular bóveda de vidrio y acero está compuesta por 3.312 placas, todas de forma distinta.
¡Un detalle que quizá no sabes!
En el centro de la Great Court se encuentra la histórica Reading Room, la antigua sala de lectura circular del museo. Entre aquellas estanterías estudiaron personajes de la talla de Karl Marx (que escribió allí El Capital), Gandhi, Virginia Woolf y Oscar Wilde. Párate un instante a imaginarlos allí, inclinados sobre sus libros.

Información práctica y opiniones
Como los demás museos estatales ingleses, el British Museum es gratuito, pero se agradece un donativo a la salida (y es lo justo, añadiría yo).
La última vez que lo visité fue en 2014 y fue una emoción enorme volver a ver ciertas obras después de haberlas estudiado. Descubrí también muchas otras y me quedé horas admirando algunas obras maestras de artes menores: joyas, platos, armas y ropa.
Me impresionaron mucho también algunas obras procedentes de Asia y de África, secciones que demasiado a menudo se pasan por alto y que en cambio merecen todo tu tiempo.
¡Un último consejo!
Entre los fondos del museo hay también una colección extraordinaria de dibujos y acuarelas de William Blake, el visionario al que Inglaterra solo entendió después de su muerte.
Si te gustan los grandes museos enciclopédicos, después del British Museum te aconsejo continuar con las obras de los Museos Vaticanos o con las de la Galería Borghese. ¡Buena visita!