Hay algo que distingue las obras de Bernini en las iglesias de Roma de todas las demás: se ven gratis. Sin entrada, sin reserva, sin turno de dos horas. Se empuja una puerta, se entra, y dentro hay una obra maestra.

Son cinco, repartidas por cuatro barrios distintos, y puestas en fila cronológicamente cuentan una carrera entera: lo primero que Bernini construyó como arquitecto, el experimento en el que inventó su método, la obra maestra absoluta, la iglesia que consideraba su mejor trabajo y la última estatua que esculpió.

El Éxtasis de santa Teresa de Ávila de Gian Lorenzo Bernini en la capilla Cornaro

1 – Santa Bibiana (1624-1626), el principio

Cerca de la estación Termini, en una zona que nadie cruza por turismo, hay una iglesia pequeña que es el punto en el que Bernini se hace arquitecto.

En 1624 se halló el cuerpo de la santa y Urbano VIII ordenó rehacer la iglesia. Bernini tenía veintiséis años y era conocido como escultor: es su primera prueba en arquitectura. El primer pago es de 1624, el último de 1626.

Lo que hay que mirar es la fachada, y hay que mirarla sabiendo lo que significaba entonces. Bernini la organiza con un pórtico en la planta baja y un piso noble encima: un esquema que hasta ese momento era prerrogativa exclusiva de los palacios civiles renacentistas, no de las iglesias. Está aplicando a un edificio sagrado la gramática de un palacio, y en 1624 eso no se hacía.

Dentro, sobre el altar, está su estatua de Santa Bibiana de 1626: la santa apoyada en la columna del suplicio, con la palma del martirio en la mano. Es la primera estatua religiosa de su carrera, y ya aquí el cuerpo no está quieto sino sorprendido mientras se abandona.

De la fachada y la estatua hablo también en el retrato de Gian Lorenzo Bernini, donde Santa Bibiana es la segunda de las diez obras.

2 – La capilla Raimondi (1638-1648), el experimento

En San Pietro in Montorio, en el Janículo, en la misma iglesia que alberga el Tempietto de Bramante, hay una capilla que casi ningún turista mira y que explica todo lo que viene después.

La intervención en la capilla Raimondi ocupó a Bernini una década, entre 1638 y 1648, entre proyecto, arquitectura y esculturas. Aquí, por primera vez, pone a punto la idea que le servirá el resto de su vida: la luz escondida.

El relieve del altar no está iluminado por la luz de la iglesia. Lo ilumina una ventana que no ves, abierta a un lado y disimulada por la arquitectura, que manda la luz sobre la escultura desde una dirección que parece no tener origen. El resultado es que el mármol parece producir luz por sí solo.

Cinco años después, en la capilla Cornaro, Bernini hará lo mismo a lo grande y se hará famoso por ello. Pero el artificio ya lo había montado aquí, en una capilla lateral en una colina, y merece la pena ver el prototipo antes que la versión célebre.

3 – El Éxtasis de santa Teresa (1647-1652), la obra maestra

En Santa Maria della Vittoria, cerca de la plaza Barberini, está lo que muchísimos consideran lo más logrado de todo el barroco.

La capilla Cornaro se realizó entre 1647 y 1652 para el cardenal Federico Cornaro. En el centro está el grupo de mármol: santa Teresa de Ávila echada hacia atrás sobre una nube, con un ángel que sostiene un dardo dorado. Encima, rayos de bronce dorado bajan desde una ventana real, escondida.

El asunto no está inventado: es la transverberación, el episodio que la propia Teresa describió en sus escritos, un ángel que le atraviesa el corazón con un dardo encendido y la deja en un dolor a la vez físico y espiritual. Bernini esculpe la frase de una monja del siglo XVI.

Lo que hace única a la capilla, sin embargo, no es el grupo: son las paredes laterales. A derecha e izquierda, dentro de dos marcos que parecen palcos de teatro, están los miembros de la familia Cornaro en mármol, charlando, asomándose, comentando. Están asistiendo a la escena como tú asistes a ellos.

Es decir: Bernini pone en escena un milagro, mete dentro un público esculpido, y luego te coloca a ti fuera del palco mirando a los dos. Arquitectura, escultura y luz haciendo una sola cosa, y la razón por la que esta capilla se sigue estudiando.

Ve a última hora de la tarde, cuando la luz natural entra por la ventana escondida: por la mañana el efecto para el que existe toda la máquina no se ve.

4 – Sant’Andrea al Quirinale (1658-1670), la iglesia que quería

En el Quirinal, a pocos pasos del palacio presidencial, está la iglesia que Bernini proyectó y dirigió entera entre 1658 y 1670, la primera que hizo solo de principio a fin.

La cúpula oval de Sant’Andrea al Quirinale, proyectada por Bernini

La planta es oval, y aquí está la jugada que hay que entender. En una sala oval esperarías entrar por el lado largo y caminar hasta el altar del fondo. Bernini hace lo contrario: elige el eje menor como eje principal, de modo que entras y el altar está ahí mismo, a pocos metros, mientras el espacio se ensancha a derecha e izquierda.

El resultado es que no hay camino que recorrer. No eres un peregrino que avanza hacia algo: ya has llegado, y la iglesia se te abre alrededor. Es una decisión que va contra siglos de plantas longitudinales y solo se entiende estando dentro.

Mira hacia la cúpula y la linterna: la luz baja dorada sobre el mármol rosa de las paredes, y el santo de estuco sobre el frontón del altar sube hacia esa luz como si fuera a salirse de su propio marco.

Según su hijo Domenico, esta era la única obra con la que su padre estaba de verdad satisfecho, y de viejo venía a sentarse en ella. Es el tipo de anécdota que las biografías construyen a posteriori, así que tómala por lo que es, pero el edificio justifica la historia.

5 – El Éxtasis de la beata Ludovica Albertoni (1671-1674), el final

En el Trastévere, en San Francesco a Ripa, está la última gran escultura que hizo Bernini, cuando tenía más de setenta años.

El Éxtasis de la beata Ludovica Albertoni de Bernini en San Francesco a Ripa

La empezó en 1671 y la terminó en 1674: consta colocada antes del 31 de agosto de 1674. Entretanto tenía la tumba de Alejandro VII y el altar del Santísimo Sacramento en San Pedro, y fueron esos los que la retrasaron.

Ludovica Albertoni era una noble romana muerta en 1533, beatificada poco antes, y Bernini la esculpe tendida sobre un colchón de mármol, en el momento de la muerte extática. Una mano aprieta el pecho, la cabeza está echada hacia atrás, la boca abierta.

La comparación con santa Teresa, veintidós años antes, es la razón por la que vale la pena verlas el mismo día. Teresa está levantada, suspendida, teatral. Ludovica está aplastada sobre la cama, y el paño no vuela: pesa. Es el mismo asunto, el éxtasis, tratado por un hombre que entretanto ha envejecido y que ha dejado de contarlo como un vuelo.

También aquí la luz viene de una ventana lateral escondida, y como en Santa Maria della Vittoria funciona por la tarde.

El itinerario, en media jornada

Las cinco paradas no están cerca, y hacerlas todas de una vez significa cruzar Roma. Si tienes media jornada, la pareja que más rinde es Santa Maria della Vittoria y Sant’Andrea al Quirinale: a diez minutos a pie una de otra, y entre las dos cubren al escultor y al arquitecto.

Si tienes un día entero, el orden cronológico funciona mal geográficamente pero muy bien como relato: Santa Bibiana cerca de Termini, luego las dos del Quirinal, luego el Janículo con San Pietro in Montorio, y después abajo al Trastévere para la beata Ludovica.

Las demás obras romanas están en los otros itinerarios: las obras de Bernini en San Pedro para la basílica y la plaza, las fuentes de Bernini en Roma para las fuentes, y Bernini en Roma: palacios y otras obras para el elefantito, los ángeles del puente Sant’Angelo y los palacios. El cuadro general de la carrera está en el retrato de Gian Lorenzo Bernini.

Información práctica

Las cinco iglesias son de entrada libre. No se reserva, no se paga, no hay cola. Esa es la parte fácil.

La parte difícil son los horarios, porque son iglesias parroquiales y no museos: cierran para la pausa del mediodía, normalmente entre las 12 y las 15.30, y los horarios cambian de una iglesia a otra y con las estaciones. Vale la regla general de ir temprano por la mañana o a última hora de la tarde, que además coincide con la luz adecuada para la capilla Cornaro y para la beata Ludovica.

Dos cosas que marcan la diferencia allí:

  • Lleva monedas de un euro. La capilla Cornaro, la Ludovica Albertoni y la capilla Raimondi tienen todas un temporizador de pago para la iluminación artificial. Sin moneda, en un día nublado, miras una mancha gris.
  • No se puede visitar durante los oficios, y en estas iglesias las misas son frecuentes. Si llegas y hay una celebración en curso, espera fuera en vez de recorrer las capillas laterales.

El código de vestimenta vale como en todas las iglesias romanas: hombros y rodillas cubiertos.

Si después de estas cinco quieres ver los Bernini que piden entrada, son los cuatro grupos juveniles de la Galería Borghese, donde se entra por turnos de dos horas y la reserva es obligatoria.

Datos verificados el 29 de agosto de 2026.

Créditos fotográficos. Éxtasis de santa Teresa: Alvesgaspar, CC BY-SA 4.0, desde Wikimedia Commons. Cúpula de Sant’Andrea al Quirinale: Livioandronico2013, CC BY-SA 4.0, desde Wikimedia Commons. La beata Ludovica Albertoni está en el dominio público.