A doscientos metros de distancia, en la misma plaza de Zaragoza, se levantan dos catedrales. No una catedral y una iglesia importante: dos catedrales de verdad, las dos en activo, las dos de la misma diócesis. Es una situación que no existe en ningún otro lugar del mundo.

Llegué por la mañana, en julio, y cometí el error que comete casi todo el mundo: fui directa al Pilar, el de las cúpulas de colores que se ven desde los puentes, y estuve a punto de saltarme la otra. La otra se llama La Seo, está doscientos metros más al este, y guarda lo más hermoso de la ciudad.

¿Cómo puede una ciudad tener dos catedrales a la vez?

Un pleito de cuatro siglos, cerrado por una bula papal

La respuesta es que durante siglos no lo consiguieron en paz.

La Seo, es decir la catedral del Salvador, era la catedral y punto. Santa María la Mayor del Pilar era una colegiata y tenía su propio cabildo, esto es, su colegio de canónigos, separado y autónomo. Dos instituciones en la misma ciudad, con dos administraciones y dos cajas, pleitearon durante generaciones por el dinero, los derechos de catedralidad y la precedencia en las ceremonias: quién iba delante en la procesión, quién celebraba qué, adónde iban a parar las limosnas.

El asunto se cerró en febrero de 1676, cuando Clemente X promulgó la bula In Apostolicae dignitatis y fundió los dos cabildos en uno solo. Desde entonces existe un único Cabildo Metropolitano de Zaragoza, con dos sedes.

La manera en que esa fusión se sigue escenificando me parece lo más elocuente de toda la historia. Cada 1 de abril el cabildo se muda: los canónigos trasladan las sillas litúrgicas de una catedral a la otra y celebran allí durante los doce meses siguientes. Un pleito de cuatrocientos años se resolvió estableciendo que ninguno de los dos edificios gana, y se recuerda con una mudanza anual.

Si esta convivencia institucional te interesa como tema, en Zaragoza tiene un precedente arquitectónico en el palacio de la Aljafería, donde los reyes de Aragón levantaron una planta entera sobre un palacio árabe sin derribarlo.

La Seo: una catedral construida sobre una mezquita

La Seo se alza donde estuvo el foro de la Caesaraugusta romana. Sobre el foro se levantó una iglesia visigoda, sobre la iglesia la mezquita mayor de la ciudad, y sobre la mezquita la catedral cristiana, que reutilizó parte de lo que encontró.

Desde fuera esto no se ve, y desde dentro tampoco demasiado: el edificio fue remodelado del siglo XII al XVIII, y tiene ábsides románicos, naves góticas, decoración mudéjar y una fachada barroca. Es una catedral que se lee como una estratigrafía, no como un proyecto.

Pagué la entrada sin saber qué esperar, y durante un cuarto de hora pensé que había gastado mal diez euros. Luego doblé la esquina del coro y vi el presbiterio.

El retablo mayor: dieciséis metros de alabastro

El retablo del altar mayor es la razón por la que hay que ver La Seo, y me costó dejar de mirarlo.

Mide dieciséis metros de alto por diez de ancho y está enteramente tallado en alabastro policromado. Se ejecutó entre 1434 y 1480, en dos fases y con dos autores distintos: la primera es de Pere Johan, de quien se conservan la predela y el banco, la segunda arranca en 1467 con Hans de Suabia, que se ocupó de las tres grandes escenas centrales. Francisco Gomar y Gil Morlanes el Viejo trabajaron después en los pináculos y en las figuras de coronamiento.

Pere Johan no llegó aquí por casualidad. Acababa de terminar el retablo de la catedral de Tarragona, encargado por el mismo hombre: Dalmau de Mur, arzobispo de Tarragona hasta 1431 y después de Zaragoza, que al cambiar de sede se llevó consigo a su escultor.

Vale la pena saber qué significa ese relevo, porque se ve a simple vista. Pere Johan trabaja en una tradición gótica mediterránea, con figuras compuestas y superficies limpias; Hans de Suabia llega del norte y trae el gótico alemán, es decir, paños quebrados, movimiento y gusto por la acumulación de detalle. Las dos maneras conviven en el mismo objeto, una sobre otra, y el retablo se convierte en el sitio donde se ve a la Europa del siglo XV intercambiando su mano de obra.

El alabastro hace el resto. Es una piedra translúcida, y con la luz que baja del cimborrio las superficies no reflejan como el mármol: la retienen y la devuelven apagada, de modo que las figuras parecen iluminadas por dentro. Los historiadores del arte lo sitúan entre las obras capitales del gótico tardío europeo, y por una vez la fórmula de manual no resulta exagerada.

el retablo mayor de alabastro policromado de La Seo de Zaragoza, de dieciséis metros de alto

El cimborrio: tres estilos en una sola cúpula

Sobre el crucero de las naves, y justo encima del retablo al que ilumina, está el cimborrio, la linterna octogonal que hace de cúpula.

El actual se construyó entre 1505 y 1520, y sostiene a la vez tres lenguajes que suelen estudiarse por separado: la estructura octogonal y el ladrillo vienen de la tradición mudéjar, los nervios que se cruzan en estrellas son góticos, y los detalles decorativos ya son renacentistas. Mirándolo desde abajo no se distinguen tres estilos superpuestos sino un único dibujo, que es precisamente lo que mejor sabían hacer los constructores aragoneses.

Consejo práctico: ponte debajo y mantén la cabeza levantada un minuto largo, porque la geometría solo se abre si se le da tiempo, y desde cualquier otro punto de la nave el cimborrio se pierde.

el cimborrio octogonal de La Seo de Zaragoza, con los nervios góticos y la linterna central

Los cerramientos de alabastro, blanco contra oro

Alrededor del coro corren cerramientos y portadas talladas en alabastro blanco, con una multitud de figuras, escudos, roleos y hornacinas que sigue metros y metros sin detenerse nunca.

El contraste con el presbiterio es rotundo y, a mi juicio, buscado: el retablo es dorado y policromado, estos cerramientos son blancos y monocromos, y el blanco sirve para descansar el ojo antes de devolverlo al color. Es también el punto donde se entiende cuánto alabastro pasó por esta obra; la piedra viene de las canteras del valle del Ebro, y es el material que le dio a Aragón una escultura reconocible.

En las capillas laterales se encuentran después retablos pintados sobre fondo de oro, de escala mucho menor, que cuentan otra temporada de la catedral.

los cerramientos de alabastro blanco en torno al coro de La Seo, con las capillas laterales

detalle de las figuras talladas en alabastro en los cerramientos del coro de La Seo

un retablo pintado sobre fondo de oro en una capilla lateral de La Seo de Zaragoza

El muro de la Parroquieta, y por qué La Seo es patrimonio mundial

La pieza más importante de La Seo para la historia de la arquitectura no está dentro: está en el muro exterior del costado norte, y se ve desde la calle sin pagar nada.

Es el muro de la Parroquieta de San Miguel, decoración mudéjar aragonesa del siglo XIV: ladrillo trabajado en relieve en motivos geométricos, cerámica vidriada verde y blanca incrustada en la fábrica, una superficie entera tratada como un tejido. En 2001 entró, junto con la Aljafería y la iglesia de San Pablo, en la ampliación de la inscripción de la UNESCO «Arquitectura mudéjar de Aragón».

Atención a la fecha, porque se lee mal continuamente: la inscripción original de la UNESCO es de 1986 y se refiere a los cuatro monumentos mudéjares de Teruel. Los monumentos de Zaragoza llegan quince años después, con la ampliación de 2001 que lleva la inscripción a diez componentes.

El mudéjar aragonés tiene rasgos propios, distintos del castellano o del andaluz: salas octogonales, muros gruesos, cerámica vidriada empleada al exterior y techumbres de madera. Si viste la Aljafería por la mañana y La Seo por la tarde, viste la misma mano trabajando primero para un comitente musulmán y después para uno cristiano, con doscientos años de diferencia.

Si quieres que alguien te explique todo esto mientras lo miras, existe una visita guiada a La Seo de hora y media con la entrada incluida; las cartelas de la catedral, por sí solas, no hacen justicia a lo que hay.

El Pilar: la Santa Capilla de Ventura Rodríguez

Doscientos metros al oeste, el Pilar es el edificio que todo el mundo fotografía y es otra cosa por completo.

La basílica es enorme, barroca, luminosa y en su mayor parte del siglo XVIII. Su centro no es el altar mayor sino un templete autónomo plantado dentro de la nave: la Santa Capilla.

La proyectó Ventura Rodríguez, arquitecto real, a quien Fernando VI mandó a Zaragoza en 1750 para dirigir las obras. Preparó las plantas y los alzados entre 1750 y 1754, y la construcción fue de 1754 a 1765. Se la considera una pieza clave del clasicismo barroco español, y la definición se entiende al mirarla: la decoración es riquísima, pero la estructura que hay debajo es simétrica, medida y clara, y no cede nunca al capricho.

Dentro está el objeto por el que existe toda la basílica, y es sorprendentemente pequeño. La columna de jaspe mide 177 centímetros de alto y 24 de diámetro; la imagen de la Virgen que se apoya en ella es de madera dorada y mide 38 centímetros. Alrededor de esos treinta y ocho centímetros se levantaron un templete y una basílica larga como una calle, y han pasado cuatro siglos de peregrinaciones.

la Santa Capilla del Pilar vista desde la nave, entre las columnas de la basílica

el templete barroco de la Santa Capilla del Pilar, dorado y coronado por su ráfaga de rayos

La Asunción de Carlos Salas, que casi nadie mira

Casi todo el mundo se para ante la Santa Capilla, hace cola para la columna y sale. La parte trasera de la capilla la cruzan sin levantar la vista, y allí hay un relieve que merece una parada.

Es la Asunción de la Virgen de Carlos Salas, en mármol blanco, en la cara posterior del retablo de la capilla. Es el más monumental de los relieves que Salas talló para la Santa Capilla, fue aprobado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y costó 72.000 reales de vellón en 1767.

Vale la pena mirarlo como se mira un cuadro, porque está construido en dos registros. Abajo, los apóstoles se agolpan en torno al sepulcro vacío, en actitudes distintas de asombro; arriba, la Virgen asciende entre nubes y ángeles, con el paño abriéndose en espiral. El mármol blanco sobre fondo blanco le quita el color al relato y deja solo el relieve, es decir, la luz.

Para la misma capilla Salas talló también una Soledad, una Dolorosa, una Coronación de la Virgen y una alegoría de la Iglesia, la Monarquía y la Nación ante el Pilar. Todas están en las caras exteriores del recinto, y se descubren dándole la vuelta.

el relieve de mármol blanco de la Asunción de la Virgen de Carlos Salas, en la parte trasera de la Santa Capilla del Pilar

Goya en las bóvedas, dos veces y con veinte años de diferencia

En el Pilar hay Goya, y no está señalizado tanto como merecería. Hay dos intervenciones suyas, y conviene mirarlas en orden cronológico porque entre las dos pasa una carrera entera.

La primera es la Adoración del Nombre de Dios, de 1772, al fresco en la bóveda del coreto, el pequeño coro de la Virgen. Goya tiene veintiséis años, vuelve de un viaje a Italia y trata de que lo contraten: el resultado es brillante y todavía obediente al lenguaje decorativo que se esperaba de él.

La segunda es la cúpula Regina Martyrum, de 1781, en la nave norte. Es una obra distinta, y no solo porque hayan pasado nueve años. Era la primera vez que Goya se enfrentaba a una superficie semiesférica, esto es, al problema de disponer una escena sobre un casquete sin que las figuras se deformen, y lo resolvió sin apoyarse en los trucos de perspectiva al uso. En las cuatro pechinas pintó las cuatro Virtudes, o sea la Fortaleza, la Paciencia, la Caridad y la Fe, en tonos claros. La cúpula se restauró entre 2005 y 2007.

Una curiosidad: en el verano de 2026 los bocetos preparatorios de la Regina Martyrum no están en la basílica sino un poco más allá, porque se han incorporado a la exposición «Goya. Del Museo al Palacio» montada en la Aljafería mientras el Museo de Zaragoza está en obras. Quien visite la ciudad en este periodo puede ver el mismo día los bocetos en un palacio árabe y la cúpula terminada en una basílica barroca.

Las cuatro bombas del 3 de agosto de 1936

En un pilar cercano a la Santa Capilla hay dos bombas expuestas. No son una reconstrucción didáctica: cayeron allí.

El 3 de agosto de 1936, quince días después del comienzo de la guerra civil, un avión lanzó sobre la basílica cuatro bombas a las tres de la madrugada. Ninguna estalló. Dos de aquellas bombas se restauraron y están expuestas dentro de la iglesia, junto a las banderas de varios países americanos.

El episodio se leyó de inmediato como un milagro de la Virgen, y el régimen franquista lo convirtió en uno de sus símbolos de propaganda. Existe, sin embargo, también una explicación técnica, y procede de un informe del director del Parque de Artillería de Zaragoza: las espoletas estaban mal montadas y calibradas para armarse solo si se soltaban desde más de quinientos metros, mientras que el piloto, inexperto, volaba a ciento cincuenta.

Me parece que las dos lecturas, puestas una al lado de la otra, dicen sobre aquellos años más de lo que diría cada una por separado, y por eso vale la pena detenerse ante ese pilar.

Subir a la Torre Mirador

De las cuatro torres esquineras del Pilar, una está habilitada como mirador y se sube en ascensor más un tramo de escaleras.

Desde arriba se entiende la ciudad de golpe: el Ebro ancho y verde, los puentes en fila, el casco histórico compacto y sobre todo las cúpulas de teja vidriada vistas desde encima, con sus rombos amarillos, verdes, azules y blancos. Desde el suelo esas tejas son una mancha de color lejana; desde allí arriba son un dibujo geométrico que se lee pieza a pieza, y son la misma tradición cerámica del muro de la Parroquieta aplicada a un tejado.

Seis euros por la torre sola son el gasto más rentable del día.

las cúpulas del Pilar vistas desde la Torre Mirador, con la teja vidriada en rombos amarillos, verdes y azules

la cúpula mayor del Pilar vista desde arriba, con el tambor y la linterna

la basílica del Pilar vista desde la plaza, con sus cúpulas de teja vidriada

Información práctica

Datos verificados el 8 de agosto de 2026 en la web oficial catedraldezaragoza.es. Los precios y los horarios cambian, y en dos edificios de culto cambian además en función de las celebraciones: vuelve a comprobarlos antes de viajar.

Entradas. La entrada única cuesta 10 euros y comprende cuatro cosas: La Seo, el museo de tapices, el Rosario de Cristal y el Museo Pilarista. Con la Torre Mirador añadida cuesta 12 euros. La Torre Mirador sola cuesta 6 euros. La reducida para chicos de 13 a 18 años con carné de estudiante cuesta 7 euros, o 9 con la torre; la reducida para mayores de 65 años cuesta 9 euros, o 11 con la torre. Los grupos a partir de 20 personas pagan 7 euros. Gratuidad. La entrada es gratuita para los niños menores de 12 años acompañados de un adulto y para las personas con discapacidad certificada igual o superior al 50 por ciento. La entrada a la basílica del Pilar es libre. Solo se paga lo que rodea a la nave, es decir el Museo Pilarista y la torre, mientras que entrar a ver la Santa Capilla, los Goya y las bombas no cuesta nada. Horarios de La Seo y del museo de tapices. De lunes a sábado abren 10.00-14.30 y 16.00-20.00. El domingo abren solo 10.00-12.00 por la mañana y vuelven a abrir 16.00-20.00 por la tarde. La última entrada es 45 minutos antes del cierre. Horarios de la Torre Mirador. De lunes a jueves abre 10.30-14.30 y 16.00-20.00. De viernes a domingo abre 10.00-20.00 sin interrupción. La última entrada es 30 minutos antes del cierre. Horarios del Museo Pilarista. Abre todos los días 10.00-13.30 y 16.00-20.00, con la última entrada 30 minutos antes del cierre. El Rosario de Cristal abre todos los días 11.00-14.30 y 16.00-18.30. Horarios de la basílica. Son horarios de culto y no de museo: de lunes a viernes 7.30-13.30 y 16.30-20.15, el sábado 7.30-11.45 y 16.30-20.30, el domingo y las fiestas religiosas 7.30-13.30 y 16.30-21.30. La zona de la Santa Capilla queda accesible todos los días 8.00-20.30. Cómo llegar. Las dos catedrales están en la misma plaza, a doscientos metros una de otra, y se visitan en la misma mañana andando. Desde la estación de alta velocidad Zaragoza-Delicias el casco histórico queda a algo menos de tres kilómetros. Cuánto tiempo. Cuenta una hora y media para La Seo, una hora para el Pilar y media hora para la torre. Una mañana entera lo cubre todo sin correr. La trampa del horario. El domingo por la mañana La Seo cierra a mediodía, dos horas antes de lo habitual. Quien llega a la ciudad un domingo y deja La Seo para la tarde acierta. Quien cuenta con ella a las 13.00 de un domingo se la encuentra cerrada. Una advertencia honesta. Las dos catedrales se parecen poco y gustan a personas distintas. El Pilar es grande, luminoso, lleno de gente y de devoción viva, y es más un lugar que un museo. La Seo es recogida, silenciosa, casi vacía, y contiene mucho más arte. Si solo tienes tiempo para una, y te interesa aquello de lo que habla esta web, elige La Seo.

Si estás armando un itinerario aragonés, la siguiente parada natural es el palacio de la Aljafería, a un kilómetro al oeste, que completa el discurso sobre el mudéjar. Si en cambio sigues hacia Cataluña, Barcelona tiene la iglesia más alta del mundo, la Seu Vella de Lleida es la catedral que fue cuartel durante 241 años, y Gerona cuenta otra convivencia medieval, y en Madrid el Reina Sofía lleva el discurso sobre el arte español al siglo XX.