La Sagrada Conversación de Piero della Francesca (llamada también Sacra Conversazione o Pala de Brera) es una obra maestra atemporal de una belleza, una armonía y una compostura increíbles. La luz, el estudio de la perspectiva y la perfección de las figuras la convierten en una de las obras más emblemáticas del Renacimiento italiano.

Este cuadro de Piero della Francesca, conocido también como Pala Montefeltro o Pala de Brera, es una obra célebre en todo el mundo. Marca, de hecho, la cima de la pintura renacentista por la perfección de la perspectiva, de la luz y de las proporciones.

Pero ¿qué representa?

El tema, en apariencia, es bastante sencillo. Dentro de una iglesia de aire clásico está la Virgen entronizada con el Niño dormido, rodeada de santos y de ángeles, y ante ella se arrodilla el comitente, Federico da Montefeltro.

Este cuadro esconde, sin embargo, numerosos significados simbólicos, y hay muchos misterios y preguntas que los historiadores del arte siguen planteándose desde hace décadas.

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La Sagrada Conversación (Pala de Brera) de Piero della Francesca

Los personajes de la Sagrada Conversación de Piero della Francesca

La Pala de Brera es un ejemplo bellísimo de las investigaciones sobre la perspectiva que habían revolucionado la pintura italiana desde Giotto.

Algo muy particular que la caracteriza son, antes que nada, sus dimensiones. La obra mide 248 × 170 cm y no tiene ningún compartimento lateral, a diferencia de los polípticos tradicionales. Por eso es una de las primeras «Sagradas Conversaciones» desarrolladas por completo en altura, y se tomará como modelo en muchísimos retablos de toda la Italia centro-septentrional.

Pero ¿qué representa?

En el centro de toda la composición está la Virgen, cuyo rostro perfectamente ovalado no está ahí por casualidad: coincide con el punto de fuga de la obra. La estructura del cuadro está hecha de círculos, y el rostro de María, el círculo de los santos a su alrededor, la concha y el arco de la bóveda hacen que el conjunto resulte armonioso.

Un poco más abajo está el Niño Jesús, que duerme sobre las rodillas de su madre con un collar de corales al cuello, símbolo de su sacrificio futuro. También la postura en la que duerme es una premonición de su muerte prematura, hasta el punto de parecer una «piedad».

¿Y el caballero arrodillado, quién es?

Se trata del comitente de la obra, Federico da Montefeltro, duque de Urbino y uno de los condotieros más famosos del Renacimiento italiano. Una curiosidad que no todo el mundo conoce es que siempre se le representa de perfil porque había perdido el ojo derecho en un combate. Según los relatos de la época, se dice incluso que se hizo quitar la parte superior de la nariz para poder mirar también hacia la derecha con el ojo izquierdo, y que esa sería la razón de la forma tan peculiar de su nariz.

Como puedes ver, el condotiero aparece retratado con su luminosa armadura, símbolo de su valor militar y de su «misión» terrenal. La presencia de la armadura en esta obra de Piero della Francesca podría indicar además que el retablo se encargó en relación con una victoria militar suya, como agradecimiento a la Virgen por haberlo salvado.

Alrededor están los santos, cada uno con los signos de su martirio. Están inmóviles, aunque algunos tienen los labios entreabiertos, como si susurraran. Las cuatro figuras a espaldas de la Virgen son los ángeles: aparecen inmóviles y distantes, perfectos.

Los mármoles de colores del fondo, la alfombra y los detalles de las esculturas de la bóveda están resueltos con una precisión de inspiración flamenca.

El huevo de avestruz y la concha en el ábside de la Pala de Brera

El huevo y la concha: el simbolismo en Piero della Francesca

Durante mucho tiempo se ha debatido sobre el valor simbólico de la obra, sobre todo por la presencia del huevo de avestruz (¿o se trata de una perla enorme?) y de la concha a espaldas de la Virgen.

El huevo es sin duda símbolo de maternidad y de renacimiento: se piensa que su posición, dominando la escena, podría indicar la superioridad de la fe sobre la razón, o aludir al nacimiento virginal de Cristo. Tampoco hay que olvidar que el avestruz era uno de los emblemas heráldicos de los Montefeltro: ese huevo es, por tanto, también una refinada firma de familia.

La concha, en cambio, ya se usaba mucho para decorar algunos edificios religiosos, pero podría representar además el vínculo con el mar y la fertilidad asociados a la Virgen. Según esta clave de lectura, María sería la «nueva Venus» cristiana, portadora sin embargo de nuevos valores y virtudes como la castidad y la devoción.

Detalle de la Pala de Brera con los santos y los ángeles alrededor de la Virgen

Los misterios de la Sagrada Conversación de Piero della Francesca

La datación de la Sagrada Conversación y su significado real han sido durante mucho tiempo objeto de discusión entre los historiadores. La mayor parte de la crítica se inclina por una fecha que oscila entre 1472 y 1474, pero no hay certezas.

Fíjate que ni siquiera se conoce con seguridad el lugar al que estaba destinada esta obra, ni las razones que llevaron al comitente, Federico da Montefeltro, a encargarla.

La hipótesis más aceptada la vincula a 1472, el año en que le nació a Federico el heredero tan esperado, Guidobaldo, y en que murió de parto su joven esposa, Battista Sforza. Muchos estudiosos reconocen precisamente en ella el rostro de la Virgen, y en el Niño dormido al recién nacido: el retablo sería así, a la vez, un agradecimiento por el nacimiento y una conmemoración fúnebre.

El retablo de Piero della Francesca es una obra maestra increíble, de significados múltiples y complejos, nada fáciles de comprender. Por esa razón algunos estudiosos han planteado la hipótesis de que la obra esté mutilada por los cuatro lados y que falte, por tanto, una parte del cuadro.

Por ahora el misterio sigue sin resolverse.

El retrato de Federico da Montefeltro arrodillado en la Pala de Brera

Dónde se encuentra

La Pala de Brera está en Milán, dentro de la Pinacoteca de Brera, a la que da nombre, pero no siempre ha estado aquí.

A la muerte de Federico da Montefeltro, la obra de Piero della Francesca se colocó dentro del Mausoleo Ducal de San Bernardino, según la voluntad del duque. Su sitio debía ser, por tanto, el altar mayor del templo, donde permaneció durante más de 300 años.

Pero ¿cómo llegó entonces a Milán?

El traslado de la obra a Milán se produjo en 1811, a causa de las supresiones napoleónicas. La capital lombarda se convirtió así en la nueva casa de esta obra maestra, que encontró su sede dentro de la bellísima pinacoteca.

Así que, si pasas por Milán, merece la pena ir a verla en persona: ninguna reproducción transmite de verdad la profundidad de la perspectiva y la luz de ese ábside. Puedes reservar la entrada de la Pinacoteca de Brera y evitar la cola en los controles.

Y tú, ¿qué es lo que más te fascina de esta obra maestra: el huevo suspendido, el rostro de la Virgen o el misterioso perfil de Federico da Montefeltro?