La Pinacoteca de Brera es uno de los museos más importantes de Italia por la belleza de las obras que conserva. Alojada en el palacio del mismo nombre, reúne sobre todo obras maestras de artistas lombardos y vénetos, pero también de maestros de toda la península.
Las obras de la Pinacoteca de Brera van de la Edad Media al siglo XX. El palacio toma su nombre de la tierra sobre la que se levanta, la braida (o breda): en lengua longobarda designaba un campo sin cultivar, abierto. El edificio actual se construyó en el siglo XVII sobre un antiguo convento, para albergar el colegio de los jesuitas.
Fue solo bajo Napoleón cuando el edificio asumió el papel de museo: en 1809 se trasladaron allí las primeras obras, muchas de ellas expropiadas a iglesias y conventos suprimidos.
Hoy, paseando por las salas de la Pinacoteca de Brera, tienes la impresión de recorrer la historia del arte siglo tras siglo. Hay lienzos de los mayores artistas italianos: Bellini, Veronés, Rafael, Caravaggio, Tintoretto, Hayez y muchos más.
¿Quieres descubrir las obras más importantes de la Pinacoteca de Brera? He elegido 8 que, en mi opinión, tienes que ver sí o sí.
¿Te apetece conocerlas?
¡Empezamos!
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1 – La Flagelación de Cristo, Luca Signorelli
Luca Signorelli pintó esta Flagelación de Cristo junto con la Virgen de la leche en gloria. No eran dos cuadros distintos, sino las dos caras de un mismo estandarte procesional, realizado hacia 1475 para la cofradía de los Raccomandati di Santa Maria del Mercato, en Fabriano. Las dos tablas llegaron a Brera ya separadas, tras las supresiones napoleónicas de 1811.
Debes saber que los comitentes se dedicaban a la autoflagelación para expiar sus pecados, pero también a la asistencia de los niños abandonados. Precisamente por eso Signorelli decidió representar por un lado la flagelación y por el otro a la Virgen amamantando, símbolo desde siempre de la caridad cristiana.
La escena transcurre en un paisaje clasicista: al fondo se adivina un arco de triunfo, ricamente esculpido y decorado. En la Flagelación de Cristo de Signorelli el episodio está perfectamente equilibrado: Cristo ocupa el centro, atado a una columna coronada por una estatuilla de bronce, mientras las demás figuras, muy dinámicas, giran a su alrededor con los músculos en tensión.
¿Qué tiene de especial?
La plasmación anatómica del cuerpo de Cristo, igual que la de sus verdugos, es sencillamente perfecta: no sorprende, si piensas que Signorelli había sido alumno de Piero della Francesca.
Fíjate en el hombre que está a la derecha de Jesús: tensa las cuerdas que lo atan apoyando la rodilla contra la columna, en un gesto de gran tensión. Del mismo modo, los músculos de la espalda de los personajes en primer plano están resueltos con enorme cuidado y realismo. Poncio Pilato, en cambio, aparece sentado en un sitial elevado y viste ropas contemporáneas, como los demás espectadores.
También la Virgen de la leche está retratada en torsión: descubre el pecho para ofrecérselo a su hijo, un movimiento que la obliga a levantar una pierna. Su figura resulta aún más dinámica por la presencia de los querubines que la rodean.
En estas dos tablas Signorelli muestra un lenguaje plenamente renacentista, con sus referencias al estudio de la anatomía, de la Antigüedad y del movimiento.

2 – Cristo muerto, Andrea Mantegna
No se puede visitar la Pinacoteca de Brera sin detenerse a admirar el Cristo muerto de Mantegna. La obra data quizá de 1475-1478, aunque la fecha está muy discutida; lo que sí es seguro es su increíble virtuosismo en perspectiva.
La innovación del Cristo muerto de Mantegna está toda en el punto de vista desde el que se recoge la escena. El cuerpo del Salvador aparece lívido, en la muerte, visto desde los pies: un escorzo atrevidísimo que nos lo pone delante en toda su crudeza.
Las heridas están puestas de relieve, igual que los pliegues de la sábana que envuelve el cuerpo en un ligero paño. A su lado, tres personas lo lloran, pero quedan casi invisibles frente al impacto de la visión del cuerpo sin vida.
Te aseguro que este cuadro te impresionará mucho: entre todas las obras de la Pinacoteca de Brera, atrae la atención ya desde lejos.
Como la Sagrada Conversación de Piero della Francesca, de la que te hablaré dentro de poco, también esta es una obra renacentista que pone en primer plano el estudio de la perspectiva y de la anatomía. La humanidad de Cristo, que lo acerca a nosotros, está plasmada en sus rasgos más crudos: la lividez, las heridas abiertas, el abandono sereno de la muerte.
El Cristo muerto de Mantegna es sin duda la obra más célebre de este extraordinario artista.

3 – Sagrada Conversación, Piero della Francesca
Esta es una de las obras que estudié con más interés durante mi carrera universitaria. Ver en persona un cuadro que has analizado hasta el último detalle es un poco como conocer por fin a alguien de quien llevas mucho tiempo oyendo hablar: crees que ya lo sabes todo y, en cambio, siempre te sorprende.
Por muy detalladas que sean las descripciones que te han hecho, siempre notarás algún pequeño detalle que en las fotos nunca habrías captado.
Esta Sagrada Conversación de la Pinacoteca de Brera (conocida también como Pala de Brera o Pala Montefeltro, datable hacia 1472) te asombrará antes que nada por sus dimensiones: mide unos dos metros y medio de alto. Según algunos estudiosos, como Ragghianti, la tabla habría sido incluso recortada por los lados y en origen estaría enmarcada por pilastras laterales y por un gran arco: una parte de la obra, en definitiva, podría haberse perdido.
Es una de las obras en las que se aprecia un profundo estudio de la perspectiva. Si te fijas, toda la composición está organizada en círculos y el punto de fuga cae justo sobre el rostro de la Virgen. Alrededor de la Virgen con el Niño se disponen los santos, cada uno con los signos de su martirio, y los ángeles. La figura arrodillada a la derecha, con armadura, es Federico da Montefeltro, duque de Urbino y con toda probabilidad comitente de la obra.
¿Has visto ese huevo?
Una curiosidad: de la concha absidal, en lo alto, cuelga un huevo de avestruz, perfectamente alineado con el rostro ovalado de la Virgen. Es uno de los detalles más discutidos de la historia del arte: el huevo era una empresa heráldica de los Montefeltro, pero es también un antiguo símbolo de creación y de nacimiento, una alusión a la maternidad de María.
Si quieres profundizar, le he dedicado un artículo entero a la Sagrada Conversación de Piero della Francesca.
Para mí fue una emoción bellísima. Estoy segura de que también lo será para ti.

4 – El Desposorio de la Virgen, Rafael
Si alguien te pregunta qué ver en la Pinacoteca de Brera, puedes responder simplemente «el Desposorio de la Virgen de Rafael».
Esta obra, firmada y fechada en 1504, se pintó para la iglesia de San Francisco de Città di Castello y es de una belleza impresionante. La Virgen aparece retratada en el momento en que san José le pone el anillo nupcial en el dedo: detrás de ella, las doncellas; detrás del esposo, los demás pretendientes.
Según una leyenda ligada al Desposorio de la Virgen, a todos los pretendientes de la joven María se les había entregado una vara, a la espera de una señal divina: solo la de José floreció. Por eso, en primer plano, uno de los pretendientes rompe contra su rodilla la vara, ya inútil.
Lo que quizá no sabes es que existe una «copia» del Desposorio de la Virgen, realizada por el propio maestro de Rafael, el Perugino: se encuentra en el Musée des Beaux-Arts de Caen, en Normandía. En realidad es al revés: fue Rafael quien se inspiró en el cuadro de su mentor para abordar el mismo tema, con un esquema parecido pero en su estilo personal. Las dos obras se parecen y, sin embargo, difieren en muchísimos detalles.
La atmósfera, como siempre en sus pinturas, es de gran armonía: los colores espléndidos realzan cada detalle de las telas, de los accesorios, del paisaje del fondo. En el centro destaca un templo de planta central, que remite a los ideales arquitectónicos del Renacimiento maduro, como el templete de San Pietro in Montorio de su paisano Bramante. La puerta del templo, abierta al paisaje, es el punto de fuga: la perspectiva queda reforzada también por el pavimento y por los escalones.
Si comparas las dos obras, te das cuenta de que aquí el alumno superó de verdad al maestro.


5 – Las obras de Hayez
Si estabas pensando solo en el célebre Beso de Hayez, siento decepcionarte. Por muy famosa que sea El beso (1859), este artista dejó muchos otros cuadros de gran belleza, varios de ellos precisamente aquí.
Francesco Hayez fue, de hecho, uno de los máximos exponentes del romanticismo en Italia. Entre sus obras conservadas en la Pinacoteca de Brera está el retrato de Alessandro Manzoni (1841): si te resulta familiar, es porque ha acabado en las portadas de innumerables ediciones de Los novios.
En la Pinacoteca de Brera puedes admirar también la Melancolía, el dramático Pietro Rossi y el tardío Jarrón de flores en la ventana de un harén, que Hayez pintó en 1881, un año antes de morir, y que quiso legar precisamente al museo.
La pintura de Hayez tiene la capacidad de emocionar y sorprender gracias a los tonos intensos, al realismo de las escenas y a la caracterización de los personajes. Parecen instantáneas llegadas de muy lejos.
Una curiosidad: buena parte de las obras de Hayez, El beso incluido, puede leerse también en clave del Risorgimento. Hayez era un convencido partidario de la unidad de Italia y en sus trabajos escondió a menudo detalles que remiten a la causa nacional.

6 – Piedad, Giovanni Bellini
Hay una obra, en Brera, ante la cual me detengo siempre en silencio: la Piedad de Giovanni Bellini, un temple sobre tabla datable hacia 1465-1470. Muestra a Cristo muerto sostenido por la Virgen y por san Juan evangelista, tres figuras de medio cuerpo detrás de un parapeto, tan cercanas que parecen estar al alcance de la mano.
Aquí no hay nada teatral: solo un dolor contenido. Las mejillas de la Virgen rozan las de su hijo, san Juan desvía la mirada como quien no consigue soportar la escena. Es uno de los momentos más conmovedores de toda la pintura del siglo XV.
¿Y sabes cuál es el detalle más bello?
Una curiosidad: en el parapeto de mármol, abajo, Bellini grabó un dístico latino inspirado en las Elegías de Propercio: «HAEC FERE QVVM GEMITVS TVRGENTIA LVMINA PROMANT / BELLINI POTERAT FLERE IOANNIS OPVS», es decir, «Cuando estos ojos hinchados exhalan gemidos, la obra de Giovanni Bellini podría llorar». Es como si el pintor comparase el dolor de los personajes con el llanto de la pintura misma, pidiéndote a ti, que miras, que te conmuevas con ellos.
7 – El Hallazgo del cuerpo de San Marcos, Tintoretto
Si hay un cuadro que en Brera te pone la piel de gallina, es El Hallazgo del cuerpo de San Marcos de Tintoretto, un lienzo enorme (casi cuatro metros) pintado entre 1562 y 1566 para la Scuola Grande di San Marco de Venecia, por encargo de su Guardián Grande, el médico Tommaso Rangone.
La escena narra la búsqueda de los restos de san Marcos en una iglesia de Alejandría de Egipto. A la izquierda, el santo aparece en una luz espectral y, con un gesto, señala su propio cuerpo ya hallado, tendido en el suelo en un escorzo atrevidísimo. En el centro, arrodillado con su toga, está precisamente Rangone, el comitente.
¿Qué la hace tan moderna?
La perspectiva vertiginosa: las arcadas de la iglesia huyen en oblicuo hacia la izquierda, dilatando el espacio de un modo casi cinematográfico. Las luces destellan en la oscuridad como en una escena de teatro.
Una curiosidad: el título tradicional nace de un equívoco. Fue Carlo Ridolfi, en 1648, quien interpretó la escena como un «hallazgo»: en realidad Tintoretto estaba reuniendo varios episodios milagrosos ligados al santo. El nombre, sin embargo, se quedó.
8 – La Cena de Emaús, Caravaggio
He dejado para el final el cuadro que, cada vez, me deja sin aliento: la Cena de Emaús de Caravaggio, óleo sobre lienzo de 1606. Es el momento del Evangelio de Lucas en el que los dos discípulos reconocen a Cristo resucitado justo cuando bendice y parte el pan.
Quizá no sepas que existe una primera versión del mismo tema, de 1601, hoy en la National Gallery de Londres. Pero los dos lienzos no podrían ser más distintos. El de Londres es luminoso, rico, casi opulento; este de Brera es sombrío, desnudo, casi monocromo, jugado todo él entre ocres y pardos. Cristo ya no es el joven imberbe de Londres, sino un hombre adulto, cansado, con el rostro marcado.
¿Por qué un cambio tan radical?
Una curiosidad: Caravaggio pintó la Cena de Emaús de Brera poco después de huir de Roma, donde había matado a Ranuccio Tomassoni en un duelo. La realizó en los feudos de los Colonna, entre Palestrina y Zagarolo, cuando ya era un fugitivo con precio sobre su cabeza. Ese dolor, esa sobriedad tenebrosa, parecen hablar de su propia vida de perseguido, que terminará cuatro años después, en 1610, en la playa de Porto Ercole. Si quieres conocerlo mejor, he escrito sobre él en mi artículo sobre las pinturas de Caravaggio.
Visitar la Pinacoteca de Brera: información práctica
En resumen, ¿te he convencido para visitar la Pinacoteca de Brera?
Casi me siento culpable, porque hay muchísimas otras obras maestras que habrían merecido un sitio en esta lista, pero incluirlas todas sería imposible. Recuerda que esta es solo mi selección personal: visitando el museo encontrarás sin duda muchas otras obras de las que enamorarte.
La Pinacoteca de Brera abre de martes a domingo, de 8.30 a 19.15 (último acceso a las 18.00) y cierra los lunes. La entrada es gratuita el primer domingo de cada mes (con reserva) y siempre para los menores de 18 años.
La entrada general cuesta 20 euros, la reducida (18-25 años) 4 euros. Los accesos son con horario asignado: en los días de más afluencia conviene reservar la entrada por internet, así te ahorras la cola en los controles y entras a la hora que prefieras.
Un detalle que vale la pena conocer: es la entrada de la Grande Brera. Desde diciembre de 2024 incluye también el cercano Palazzo Citterio, donde se ha trasladado la colección del siglo XX, es decir, las colecciones de Emilio y Maria Jesi y de Enrico Vitali, con obras de Boccioni, Modigliani, Morandi, Carrà, Picasso y Braque. Puedes visitarlo el mismo día o dentro de los seis siguientes: si te gusta el arte moderno, no te lo pierdas.
Una última curiosidad, antes de despedirnos: incluso antes de entrar en la Pinacoteca, detente en el centro del patio de honor. La gran estatua de bronce que lo domina es el Napoleón como Marte pacificador de Antonio Canova. El original en mármol está en Londres (fue donado al duque de Wellington, el vencedor de Waterloo); este bronce, fundido con el metal de viejos cañones, se colocó aquí en 1859. Un último homenaje al hombre al que Brera debe su nacimiento como museo.
Y si después de Brera quieres seguir descubriendo la ciudad, sube al Duomo de Milán: es el complemento perfecto para un día de arte en Milán.
