Si estás a punto de visitar Lyon y quieres hacerte una idea de las cosas que ver, te aconsejo dedicar al menos media jornada al Museo de Bellas Artes, uno de los más importantes de Francia, con obras que van del Perugino a Rubens, Rodin e incluso Picasso.
Al contrario que el Museo Galorromano, que también te recomiendo aunque esté en un rincón apartado de la ciudad, el Museo de Bellas Artes de Lyon está en pleno centro, en la Place des Terreaux, alojado en un bonito edificio del siglo XVII que en su día fue un convento (el palacio Saint-Pierre).
Además de la belleza del edificio, aquí encuentras espléndidas colecciones de pintura, escultura e incluso arte antiguo, repartidas en más de 70 salas para visitar con calma. En la entrada hay también un patio delicioso con un pequeño jardín, donde hacer una pausa y disfrutar del sol en primavera y en verano.
¿Qué me dices, te he despertado la curiosidad aunque sea un poco?
Pues aquí abajo te cuento las obras del Museo de Bellas Artes de Lyon que más me gustaron.
¡Empezamos!
La Kore de Lyon
La Kore del Museo de Bellas Artes de Lyon se encontró en Atenas en una fecha imprecisa, pero sabemos con certeza que tiene más de 2500 años (es de hacia el 540 a. C.). Las primeras noticias de la estatua la sitúan en Marsella en el siglo XVIII; que venía de la Acrópolis se entendió más tarde, cuando reaparecieron los fragmentos de la parte inferior del cuerpo, hoy en el Museo de la Acrópolis de Atenas.
¿Por qué es especial?
Esta muchacha (en griego kore) era una de las muchas estatuas votivas de tamaño natural enterradas en la llamada escombrera persa. Debes saber que, tras los saqueos de las guerras médicas, los atenienses enterraron sus objetos sagrados, exvotos incluidos, para no dejarlos al enemigo y evitar que los fundieran o los profanaran.
Una práctica que resultó ser una bendición para los arqueólogos, porque ha permitido recuperar piezas datables con seguridad antes del 480 a. C. Las korai (muchachas) y los kouroi (muchachos) se representaban de pie, a menudo en el gesto de ofrecer un regalo a la diosa Atenea: una fruta, un plato o, como aquí, un pajarillo.
Pero no eran simples estatuas.
Con el avance de la técnica, los pliegues de las vestiduras empezaron a realzar las formas del cuerpo, creando volúmenes cada vez más plásticos y tridimensionales. La célebre «sonrisa arcaica» ilumina los rostros serenos de estas esculturas, y la particularidad de la Kore de Lyon es ser una de las primeras de influjo jónico.
Aquí va algo que no todo el mundo sabe.
Como casi todas las estatuas griegas y romanas, también la Kore de Lyon estaba en origen pintada con colores vivos, que hacían resaltar los pendientes, el pelo y los pliegues del vestido. Esa blancura que hoy damos por sentada es solo el mármol desnudado por el tiempo.

La monomaníaca de la envidia de Géricault
Géricault es famoso sobre todo por «La balsa de la Medusa», uno de los cuadros más célebres del Louvre. En el Museo de Bellas Artes de Lyon, en cambio, podrás ver uno de sus retratos de «alienados», pintados hacia 1820.
¿Por qué esta serie de obras se llama así?
Sencillamente porque los modelos eran todos personas con trastornos mentales, cada una marcada por una «monomanía»: el juego, el robo, el secuestro de niños, el delirio de mando militar y, como en el cuadro de Lyon, la envidia. Se cree que Géricault los pintó para el doctor Étienne-Jean Georget, médico en la Salpêtrière, en una época en la que la ciencia empezaba a interesarse por los lados más oscuros de la mente.
El retrato de la monomaníaca de la envidia me impactó por su fuerza expresiva. Es una mujer mayor, con los ojos pequeños y malvados, inyectados en sangre, los hombros encorvados hacia delante: parece a punto de susurrar alguna frase venenosa contra alguien.
Es un cuadro doblemente importante porque, en aquel entonces, se creía que los rasgos del rostro o la forma del cráneo podían revelar la propensión al crimen o a la locura. Quizá también por eso Géricault se concentra solo en los rostros de estos marginados, cargándolos eso sí de detalles: la vieja envidiosa lleva una cofia que le estrecha el campo visual, como obligándola a fijarse en un único pensamiento. De los diez lienzos originales sobreviven cinco, hoy repartidos por varios museos del mundo. En este, Géricault nos lleva directos a los bajos fondos del alma humana.

La Dánae de Tintoretto
Imposible no citar, entre las más bellas obras del museo de Lyon, la espléndida Dánae de Tintoretto. Jacopo Robusti, llamado Tintoretto porque su padre era tintorero de telas, la pintó hacia 1570.
Es un ejemplo bellísimo de manierismo. El maestro veneciano fue de hecho un precursor del barroco, por la teatralidad de sus figuras y de sus escenas. Aquí te sorprenderán sobre todo las telas de terciopelo, fastuosas como los telones de un escenario; también la boca entreabierta de la criada y la mandolina apoyada en la ventana parecen sugerir los sonidos de una escena real.
Pero ¿cuál es la historia?
La bella Dánae había sido encerrada por su padre, porque una profecía decía que moriría a manos de su nieto. Pero Zeus, prendado de la joven, la fecundó transformándose en lluvia de oro. Es justo ese el instante que retrata Tintoretto: la muchacha y la criada se miran, mientras una recoge las monedas de oro y la otra parece incorporarse, un poco incrédula.

Caín y su descendencia malditos por Dios, Antoine Étex
Esta es una de las obras que más me impactaron en el Museo de Bellas Artes de Lyon. Caín y su descendencia malditos por Dios es un grupo escultórico de un poder expresivo extraordinario, obra de Antoine Étex.
Realizado en los años treinta del siglo XIX, retrata a un colosal Caín con la cabeza gacha, junto a su familia, en la desesperación más absoluta. Después de matar a su hermano Abel, Caín ha sido maldecido por Dios; pero el artista expresa aquí también toda la incertidumbre del futuro de la humanidad, en una época de grandes convulsiones sociales, económicas y políticas, marcada por luchas a menudo violentas por los derechos y la igualdad.
La estructura del grupo es armoniosa y forma casi una pirámide, que concentra la tensión en una escalada de sentimiento hasta la cabeza inclinada del responsable: Caín. El mensaje está claro: los continuos cambios de régimen, las guerras y la inestabilidad hacen que el futuro sea incierto. Inspirado por Miguel Ángel, Étex se convirtió precisamente gracias a este grupo en uno de los escultores franceses más importantes de la edad romántica.

Dos obras de Fleury François Richard
Hay dos lienzos del Museo de Bellas Artes de Lyon que me impactaron de un modo especial, aunque no estén entre los más famosos: dos escenas íntimas de convento, obra de Fleury Richard.
Este pintor del siglo XIX fue alumno de Jacques-Louis David y tuvo un buen éxito en su tiempo, hasta convertirse en uno de los precursores de la escuela Troubadour, inspirada en la pintura del Norte y en los temas históricos y medievales.
Las dos obras son Vert-Vert y A la entrada del convento. La primera, literalmente «Verde-verde», se inspira en un poemita humorístico de 1734: la historia de un loro criado en un convento que, por eso mismo, habla el lenguaje de los devotos, antes de vivir toda clase de aventuras. Aquí lo vemos retratado con dos monjas, en una escena de cotidianidad relajada: me encantaron las luces, la perspectiva y la atmósfera.
El segundo cuadro es todavía más curioso, porque no está terminado. Si te fijas, notarás dos figuras que flotan como fantasmas en la entrada del convento, sombras del pasado que parecen desvanecerse. Richard tenía la costumbre de volver sobre las obras ya acabadas, y aquí decidió añadir a las dos mujeres.


El violín de Braque
Georges Braque pintó Le Violon («El violín») en 1911, en pleno cubismo analítico.
¿Te has perdido?
Ahora te lo explico. Los artistas de esta corriente estudiaban la realidad y la descomponían en un juego de planos distintos, fragmentando las formas. Los tonos dominantes son el gris y el pardo, mientras que la luz es el elemento que unifica los objetos descompuestos.
Braque tocaba el violín y amaba profundamente la música: no por casualidad fue de los primeros cubistas en llevar los instrumentos musicales a sus cuadros. Aquí el violín aparece como una forma abierta y fragmentada, en diálogo con el espacio de alrededor y con el formato ovalado del lienzo (75 × 60 cm), sin ángulos.
Aquí va una curiosidad.
También su amigo Picasso usará, en esos mismos años, lienzos de forma ovalada: los dos se estimulaban mutuamente, en una carrera de experimentación que cambió para siempre la historia del arte.

Información práctica
La visita al Museo de Bellas Artes de Lyon arranca con algunas estatuas magníficas del siglo XIX y sigue con obras maestras sumerias, celtas, egipcias, griegas y romanas, hasta los objetos de arte del siglo pasado. Peines, vasijas, muebles, vajillas, armaduras: te guían a través de los siglos, desde los accesorios de tocador de una noble egipcia hasta la reconstrucción de una habitación de estilo art nouveau.
En la segunda planta, siempre en orden cronológico, se encuentra la pinacoteca, con obras maestras medievales, renacentistas, barrocas, neoclásicas y una bonita sección dedicada a las vanguardias del siglo XX. No te pierdas, entre otras, la Ascensión de Cristo del Perugino, los cuadros de Rubens y Rembrandt y las esculturas de Rodin.
Cuando lo visité se habían adquirido hacía poco nuevas obras contemporáneas de Pierre Soulages, y me imagino que no serán las últimas: me parece precioso que el arte no pertenezca solo al pasado, sino que siga evolucionando también hoy.
El museo se visita en unas dos horas y media. Cierra los martes y abre el resto de los días de 10 a 18 horas (los viernes desde las 10.30); las taquillas cierran a las 17.30. La entrada a las colecciones cuesta 8 euros y es gratuita para los menores de 18 años.
Un consejo si te quedas unos días en Lyon: la Lyon City Card incluye la entrada a decenas de museos de la ciudad (Bellas Artes incluido) más los transportes públicos ilimitados: si tienes previstas varias visitas, se amortiza enseguida.
