El Palau de la Música Catalana es la casa de un coro. Lo mandó construir el Orfeó Català, una sociedad coral fundada en 1891, y lo pagó por suscripción, con el dinero de los socios y de la burguesía de Barcelona. El arquitecto fue Lluís Domènech i Montaner, el mismo del hospital de Sant Pau, y el resultado es la única sala de conciertos del mundo declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Dentro, las paredes son casi todas de vidrio de colores, y del techo cuelga una enorme claraboya dorada que representa el sol. De día la luz entra por ella y por las vidrieras, y la sala se enciende de colores.
Los horarios son ajustados: las visitas se hacen solo de 9:00 a 15:30. La visita y los conciertos se pagan aparte, porque una entrada para un concierto no incluye la visita, y al revés.
¿Por qué, al fondo del escenario, dieciocho muchachas salen de la pared, mitad escultura y mitad mosaico?
Un palacio pagado por un coro
El Orfeó Català lo fundaron en 1891 Lluís Millet y Amadeu Vives, para dar a conocer el repertorio coral catalán y el internacional. En 1904 la asamblea de socios aprobó el proyecto y el presupuesto, Domènech recibió el encargo, y el coro compró el solar: era el claustro del antiguo convento de Sant Francesc de Paula, en el barrio de Sant Pere.
La primera piedra se puso el 23 de abril de 1905, y el palacio se inauguró el 9 de febrero de 1908. Al año siguiente el Ayuntamiento le concedió el premio al mejor edificio construido en la ciudad. Desde 1997 es Patrimonio de la Humanidad, junto con Sant Pau.
Una fachada que no se consigue ver entera
¿Por qué cuesta tanto ver la fachada del Palau entera?
Porque ocupa la esquina de dos calles estrechas, la de Sant Pere Més Alt y la de Amadeu Vives, y no hay ningún punto desde el que abarcarla toda. La web oficial lo admite sin rodeos.

En la esquina sobresale el grupo escultórico «La cançó popular catalana» de Miquel Blay, inaugurado el 8 de septiembre de 1909: arriba está san Jorge con armadura, más abajo una gran figura femenina inclinada hacia delante como un mascarón de proa, que representa la música, y alrededor marineros, campesinos, un anciano y niños, el pueblo que canta.

En la segunda planta de la fachada están los bustos de Palestrina, Bach y Beethoven, esculpidos por Eusebi Arnau; el de Wagner está pasada la esquina, en la calle de Amadeu Vives. Arriba, un frontón de mosaico de Lluís Bru reproduce la bandera del Orfeó. Hasta 1989 se entraba por Sant Pere Més Alt; hoy la entrada está en la parte añadida con la restauración y ampliación de Óscar Tusquets y Carles Díaz, entre 1982 y 1989.
Una caja de cristal con el sol en el centro
La sala de conciertos es una jaula de estructura metálica cerrada por muros de vidrio: las paredes laterales son vidrieras de colores, y en el centro del techo está la claraboya de Antoni Rigalt, una cúpula invertida de cristales dorados rodeada de cristales azules y blancos. Es el sol en el cielo, y alrededor del sol, si te fijas, hay un círculo de figuras femeninas, un coro en silencio.

La claraboya da al exterior, así que de día la luz entra por ella; cuando fuera es de noche, se enciende como una lámpara.

El arco del escenario: la música popular a la izquierda, Wagner a la derecha
¿Qué hacen las valquirias de Wagner en el escenario de un coro catalán?
El arco que enmarca el escenario es un manifiesto de piedra, esculpido por Dídac Masana y terminado por el joven Pablo Gargallo. A la izquierda, bajo un gran árbol, está el busto de Josep Anselm Clavé, que hizo renacer el canto coral popular en Cataluña, y a sus pies un grupo de muchachas que representa su canción «Les flors de maig». A la derecha, entre dos columnas dóricas, está el busto de Beethoven, y sobre él salen de las nubes las valquirias de Wagner a caballo.

El sentido es declarado: a un lado la música popular catalana, al otro la gran música europea, que en la Barcelona de principios del siglo XX quería decir sobre todo Wagner. Arriba los dos lados casi se tocan.
Las dieciocho musas
Al fondo del escenario, en semicírculo, están las dieciocho musas. La parte superior del cuerpo, de cintura para arriba, es una escultura de Eusebi Arnau que sobresale de la pared; la falda es un mosaico de Lluís Bru y Mario Maragliano que forma parte de la propia pared. Cada una toca un instrumento distinto, y cada una tiene una falda, una blusa y un peinado distintos.

Encima de ellas está el órgano, y en el centro, entre los dos grupos de musas, la bandera del Orfeó Català en mosaico.
Visitarlo, o escucharlo
El Palau se puede ver de dos maneras, y conviene saber qué ofrece cada una. La visita dura unos cincuenta minutos y recorre la sala de conciertos, la escalinata, el foyer y la Sala Lluís Millet, el salón de doble altura desde el que ves de cerca las columnas de mosaico de la fachada. Se hace por libre con un folleto, con audioguía o con guía.
Un concierto, en cambio, te hace oír la sala por lo que es, pero la ves sentado, y si el concierto es de noche la claraboya está encendida y las vidrieras están oscuras. Si solo puedes permitirte una de las dos cosas, para la arquitectura elige la visita de día.
Información práctica
Datos verificados el 27 de octubre de 2026 en la web oficial palaumusica.cat. Los precios y los horarios cambian: vuelve a comprobarlos antes de viajar.
El Palau, Sant Pau y el Cafè Vienès de la Casa Fuster se ven juntos con el pase «Domènech i Montaner», que vende la web de Sant Pau. La historia del hospital está en Sant Pau, la ciudad de Domènech; la de Gaudí, que en la escuela de arquitectura había sido alumno de Domènech, empieza en una casa de Gràcia, la Casa Vicens, y termina en la Sagrada Familia.
Fotografías de Wikimedia Commons: la sala con el órgano, la claraboya y el arco del escenario, de Alvesgaspar, CC BY-SA 4.0; la fachada desde la calle, de Fred Romero, CC BY 2.0; el grupo de Miquel Blay, de Selbymay, CC BY-SA 3.0; las musas, de Francesco Bini, CC BY-SA 4.0.